La cobija: La Feria

SR. LÓPEZ

Una vez, a Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, Gran Maestro grado 66, de la mentira, lo confrontaron sus papás pues la señora del 9 (doña Berta), les hizo saber que la noche anterior lo había sorprendido teniendo arrumacos con una de las empleadas domésticas que habitaban en la azotea del edificio. Para sorpresa de este menda, rendido admirador de Pepe, aceptó los cargos llanamente sin siquiera intentar alguna de sus eficaces argucias. Ya a solas, viendo mi cara de decepción, explicó: -No seas tarugo, en eso quedé con Berta porque un vecino me vio entrar a su departamento –y su mamá tan contenta de que por fin dijo la verdad. Hay de esos.

Nomás no se lo tome a chacota, es cosa seria: científicos de la Universidad de Granada, España, dirigidos por el doctor Emilio Gómez Milán, realizaron experimentos para determinar de manera física, si alguien miente o dice la verdad y con una cámara termográfica apuntada a la cara, encontraron que al mentir, baja la temperatura de la nariz y sube la de la frente. Que no se ría, le estoy diciendo.

El doctor explicó: “cuando mentimos, la temperatura de la punta de la nariz desciende entre 0.6 y 1.2 ºC, mientras que la de la frente sube entre 0.6 y 1.5 ºC. Cuanto mayor sea la diferencia de cambio de temperatura entre ambas regiones de la cara, más probable es que esa persona esté mintiendo (…) para mentir hay que pensar y por eso aumenta la temperatura de la frente, pero también nos ponemos nerviosos, algo que provoca un descenso de la temperatura de la nariz” (Sonia Viéitez Carrazoni: ‘El síndrome de Pinocho’).

Aceptadas las conclusiones científicas del estudio, tal vez sea prudente no las consideren de aplicación universal, pues acá, en este nuestro risueño país, no les daría los mismos resultados su experimento. Si fuera así, no pocos de nuestros políticos vivirían con formaciones de hielo colgando de sus narices (carámbanos, se llaman), y el señor Presidente ya la hubiera perdido por congelación, usaría prótesis.

No es cierto por varias razones: la práctica (eso cuenta), el grado de cinismo en sangre y con todo respeto, porque si para mentir hay que pensar, les tenemos noticias, acá no piensan, por eso mienten mal… los de ahora, porque los políticos pelo en pecho de antes, nos hacían tragar piedras de molino y ni cuenta nos dábamos.

Si duda usted, nada más reflexione en la posibilidad de que sea cierto eso de que les ‘robaron’ los medicamentos contra el cáncer; o que los fideicomisos son la receta secreta de Alí Babá, coartada favorita de corruptos y similares, cáncer del erario, cuando no son sino contratos para asegurar el destino de bienes o dinero, conforme a la voluntad de los que los aportan, a favor de sus beneficiarios.

Ya en otra ocasión podremos revisar las razones que obligan al gobierno, el actual en particular, a recurrir con tanta frecuencia al recurso de mentir. No es el momento porque esa diarrea verbal de falsedades se acompaña con una copiosa emisión de tonterías y  fruslerías como andar rifando un avión sin avión, pedir prestado el plumero de Moctezuma, insistir en que nos deben una disculpa España y el Vaticano por cosas de hace medio milenio o, fresquecita de ayer, en plena mañanera, la gran noticia de que se prohibió la venta de algunas marcas de quesos y yogures (tema de categoría presidencial, para que vea).

El gobierno está como merolico callejero mientras el país está en su peor crisis de salud y económica en un siglo; mientras los crímenes de la delincuencia organizada se han disparado al doble o triple de sexenios anteriores, prueba definitiva del fracaso de la estrategia del gobierno y anuncio de tiempos peores para cada vez más gente; mientras suenan tambores de guerra en Chihuahua ante el muy probable encontronazo entre la Guardia Nacional y los agricultores que defienden el agua de la presa la Boquilla; mientras Tabasco está en llamas (ayer: once bloqueos en demanda de apoyo por las inundaciones); mientras todas las entidades internacionales nos advierten en todos los tonos que hay que detener la construcción de la refinería de Dos Bocas; mientras todo eso y lo demás que sabemos.

Sí, como merolico en medio de una borrasca de tragedias presentes e inminentes, lo que amerita reflexionar en que puede ser esa la mejor manera de medir el grado de gravedad de los asuntos nacionales: el grado de descaro de las declaraciones oficiales.

Por supuesto no se justifica que el gobierno descaradamente recurra a esta estrategia de distracciones y entretenimientos para chicos y grandes. No. El planteamiento es usar como unidad directa de medición de la realidad el grado de cinismo y mendacidad oficial. Entre más tonta o falsa sea una declaración, más grave la situación.

Visto como está que es un sueño de opio esperar de este Presidente un arranque de sinceridad y sabida como es su incapacidad de asumir la menor responsabilidad de nada de su responsabilidad, entonces en lugar de reírnos, enojarnos o irnos con el engaño, distrayéndonos con sus capotazos, usemos sus falacias y esperpénticas declaraciones para medir la real situación nacional.

¿Cómo estará la cosa que el Presidente mandó a su esposa a Austria a pedir el plumero de Moctezuma? (en tiempos de austeridad, con un telefonazo, señor, por cierto); ¿cómo andará de grave lo de la pandemia que están revisando quesos y yogures?; ¿de qué tamaño estará la inseguridad como para que estén preparando una consulta para NO juzgar expresidentes?; ¿qué tan indefendible será el trabajo presidencial -es un decir-, como para que ataque fideicomisos?

Que su boca sea su medida, pero al revés: entre más boba o falsa una declaración, entendamos que es más grave la situación del país.

Nada es casual, nos tienen muy entretenidos con locuras y babosadas para que nadie tenga tiempo de recapacitar en las bárbaras acciones de este gobierno que deja a la población a sus fuerzas y encubrir la cada vez mayor corrupción que cobijan sin darse cuenta que no les va a alcanza la cobija.

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