La rifa del tigre: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Calita (se llamaba Calpurnia como la esposa de Julio César, ni modo de decirle así), fue la primera divorciada del lado matero-toluqueño de este López. Escandalazo (años 50’s del siglo pasado). Tía Calita decía que hizo todo lo posible, pero que no lo podía evitar: le daba asco su esposo. Asco. Él, Óscar, era un señor normal y casi guapo, enamorado de ella hasta el tuétano, que luchó hasta el deshonor, el oprobio y el ridículo para que no lo dejara: dinero, serenatas; más dinero, regalos; más y más dinero, más y más regalos, más y más serenatas… no, nada permitió que tuviera acceso al corazón de ella (bueno, aparte del corazón, a otros órganos de tía Calita, claro). Finalmente ella se lo dijo: -Me das asco –y él, ya dejado, ya divorciado, seguía con las serenatas, los regalos y el dinero, hasta que embarazó a una señora que le lavaba la ropa y sin ningún trámite civil, fueron muy felices. Tenía que entender algún día.

Según el diccionario (el Diccionario, el de a de veras, el de la Academia de la Lengua, nos guste o no), ‘conservador, conservadora’, tiene varios significados:

  1. adj. Que conserva (‖ cuida de la permanencia). U. t. c. s. La sal es un buen conservador de pescado.
  2. adj. En política, especialmente favorable a mantener el orden social y los valores tradicionales frente a las innovaciones y los cambios radicales. Apl. a pers., u. t. c. s.
  3. adj. tradicional (‖ que sigue las ideas del pasado). Viste de una forma conservadora. Apl. a pers., u. t. c. s.
  4. m. y f. En algunas instituciones, persona encargada de sus fondos, documentos e intereses. El conservador del Museo del Prado.

Cuando nuestro Presidente usa la palabra “conservador” para señalar a los opositores a la 4T, a su gobierno, a su partido (Morena), o a su persona, sin duda aplica la segunda acepción, la política.

En política se llama conservador al que pregona y apoya las ideas de la doctrina política denominada “conservadurismo”, consistente en la defensa y conservación (precisamente), de un régimen, oponiéndose a transformaciones, reformas y en general a cualquier cambio de fondo o radical, que altere la prevaleciente organización social y económica de la sociedad.

Conservadores y conservadurismo, quién sabe por qué, se identifica en el hábitat político, con la derecha (como el PAN), incluyendo cualquier ‘derecha’ aun la centroderecha (por ejemplo, el PRI), y hasta la centroizquierda (el PRI en otra de sus versiones), pero siempre aludiendo a su oposición al cambio de lo establecido, por lo que en rigor, también podríamos hablar de conservadores de izquierda, como los hermanitos Castro de Cuba, opuestos a rabiar a cualquier alteración del régimen que impusieron a tiros en la isla.

Como sea, a falta de definición de parte de nuestro Presidente (fifí y frufú no aclaran nada), del simple repaso de sus posturas e ideas ampliamente difundidas, podemos aventurar que él usa el término, a la ortodoxa: para señalar flamígeramente a los que quieren conservar el pútrido régimen político anterior y su robusto hijito: el neoliberalismo, la economía de mercado y la actual naturaleza de colonia yanqui de facto que México adquirió de a poquitos, como señora que se tuesta al Sol, despacito, hasta quedar color ‘Cucurumbé’, sin darse cuenta.

Dicho lo anterior, atentamente se hace saber a nuestras autoridades federales, el peligro que entraña denominar ‘conservador’ a todo opositor, a cualquiera que no esté de acuerdo con los postulados de la 4T, y en especial a los puñados de violentos de siempre, esos que año con año, en la capital del país y en algunas capitales estatales, rompen vidrios, queman llantas, pintarrajean edificios y corean consignas (de bostezo o risa), protestando por hechos irreparables, defendiendo causas imposibles (o inexcusables), para avanzar proyectos políticos de alto riesgo o nada más por el gusto de mentar madres, en beneficio de líderes que nunca dan la cara, pero extienden la mano (¡oh, sí!)

Por el momento, los que reclaman con justicia los hechos de Iguala (Ayotzinapa), están a partir un piñón con el gobierno federal; se les oyó, se les recibió en Palacio Nacional y el Jefe de Gobierno y Estado, Comandante Supremo de nuestras Fuerzas Armadas, vistió galanamente en una de sus conferencias de prensa matutinas, una camiseta que le regalaron, símbolo de sus peticiones y reclamos. Ya antes probaron de esas mieles los de la CNTE de todos tan queridos, vencedores indiscutibles en la anulación de la reforma educativa conseguida y auto-saboteada por el peñanietismo (por prescindir de doña Elba Esther, a lo puro maje y por canallas).

Pero debería andarse con más cuidado el gobierno federal, con la organización que cobija y da cuerpo al reclamo de los deudos y amigos de los normalistas de Ayotzinapa, secuestrados-desaparecidos-asesinados.

No es lo mismo modificar indoloramente una ley de educación en el Congreso, cuyas consecuencias negativas se verán en un futuro por determinar, que aclarar hechos tan enmarañados y satisfacer reclamos imposible (vivos quieren a los que vivos se llevaron… ¡vivos!)…

Vaya, ni siquiera se puede aseverar que logrará satisfacer su exigencia de saber la verdad, toda la verdad, pues para eso se tendría que conseguir no solo que las autoridades de entonces soltaran la sopa, sino también, los cabecillas de organizaciones criminales que no son afamados por veraces ni confiables (y en ese horrible asunto de Ayotzinapa están involucradas autoridades y narcos, nacionales y extranjeros).

Este es un error político claramente irremediable de nuestro Presidente: no se puede desatar semejante nudo. Y no podrá llamarlos ‘conservadores’.

Cuando no pueda satisfacer a plenitud las exigencias de los profesionales en no darse por satisfechos, cuando salgan a protestar, hacer plantones, quemar llantas, pintarrajear edificios, ‘vandalizar’ comercios y cuando descubra nuestro Presidente que sus reclamos tendrán eco internacional, verá que compró el único boleto de la rifa del tigre.

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