La tiranía de la baba: La Feria

SR. LÓPEZ

Una tía de este López, del lado paterno-autleco, frondosa, alta y bella de parar el tráfico y el reloj de Catedral, siendo muy jovencita se casó contra la opinión de sus papás, con uno muy jovencito, fiestero, simpático, desordenado, desobligado, pero ¡cuánta alegría y cuántos disfrutes!… hasta que nació el primer hijo y ya no era tan divertido que él siguiera siendo fiestero y sin trabajar; no duraron, se divorció con el hijo apenas bebito. Tuvo tres hijos más del segundo marido, un señor mucho mayor que ella, viudo, muy exitoso contador público, educado, ordenado, generoso sin ser derrochador, no mala persona, pero macho, ¡macho! (como de película de Juan Orol; ahí vea ‘Gángsters contra charros’, de 1947), mandón tan mandón que ella sentía que se asfixiaba bajo su inflexible autoridad: lo dejó. Con el tercer marido no tuvo hijos, era un tipo bien plantado, grandote y macizo, buena persona, fiestero pero trabajador, enamorado de ella de preocuparse la familia (la nuestra, la de él, quién sabe), en todo le quería dar gusto y no movía un dedo sin consultarla, trabajo, amistades, qué se ponía, todo, todo le consultaba hasta que la hartó: -Para marido era muy guango –explicaba después. Del cuarto marido tuvo su quinto hijo; el señor era aparentemente normal aunque un poco más chaparro de lo recomendable; muy decente, adinerado, correcto con ella, pero en la calle, por un ‘quítame estas pajas’, se liaba a golpes con quien fuera, del tamaño que fuera y ella vivía con el Jesús en la boca; la última vez que se lo dieron de alta en el sanatorio, le avisó que ya no era su esposa. No volvió a incurrir en matrimonio (muy a las calladas, se decían cosas de ella, pero eso no le importa a usted… eran ciertas). Este menda, indiscutiblemente su sobrino favorito, le preguntó, ya muy mayorcita, cuál de todos sus maridos había sido el peor; respondió de aire: -El guango, el que todo me consultaba… le perdí el respeto y fue al único que le puse cuernos –por eso no le dije su nombre, uno es caballero.

Dadas las tragedias y los fatídicos resultados que de vez en cuando provocan  reyes, aristócratas, dictadores, militares y totalitarios varios, de a poquitos se fue volviendo como onceavo Mandamiento, esto de la democracia. En este mundo, ogaño, para presentar albeando cualquier régimen, propuesta o idea, basta con acomodarle la palabra ‘democrático’. Bueno, mientras, está bien.

La democracia implica muchas cosas, entre ellas, las elecciones libres y legales, lo que tiene sus riesgos pues el cambio y recambio de gobernantes, causa en algunos funcionarios (nótese la mesura), el ansia de enriquecerse en el menor plazo posible, pues el poder -ellos lo saben-, está en el lomo de un venado, lo que al paso del tiempo y si no se ataja con rigor, deriva en cleptocracia  (el gobiernos de cleptócratas, de rateros, pues). Cosa fea.

Otro riesgo de la democracia, más grave que la robadera, es el consultar todo, discutir todo, ya sea porque el jefe de Estado de que se trate así crea que debe de ser, o porque la gente por la razón que sea, tenga la extraña convicción de que es su derecho ¡democrático!, ser consultada para todo acto de gobierno, opinar de toda decisión de la autoridad. Eso no es democracia, es despelote.

Y hay peor: cuando un jefe de Estado dice que todo consultará, pero sin intención real de hacerlo: tuerce las consultas, hace como que oye pero solo oye a los que piensan como él, a todos da la razón y hace lo que le viene en gana. Eso es peor porque tarde o temprano la gente se da cuenta y entonces arde Troya.

Por supuesto en democracia se discuten las cosas y por supuesto, en democracia el pueblo manda, pero solo para decidir quién queda al frente del gobierno, quién lo representa en el parlamento o poder legislativo y pocas cosas más. El pueblo no vota las leyes, el pueblo no vota si alguien es inocente o culpable, el pueblo no decide sobre qué infraestructura es necesaria, ni sobre programas educativos ni de salud pública. El pueblo supone que los gobernantes por él elegidos, decidirán cómo se conducen los asuntos públicos, con prudencia, bien informados y con buena intención.

Varios motivos hacen que un gobernante diga que todo se puede discutir y todo se debe consultar. Uno es la pusilanimidad (ustedes dijeron, salió fatal pero hice lo que decidieron ustedes, ver caso Brexit); otro y el más común, es que ese discutir todo y consultar todo, es la manera más fácil de mangonear. Un político verdaderamente democrático, cuando resulta elegido, por ejemplo, como jefe de Estado y de gobierno, se sabe obligado a cumplir y hacer cumplir las leyes, asumiendo plena la responsabilidad de sus decisiones. Un político marrullero, que quiere hacer su santa voluntad, instala mesas de discusión para todo tema, propone ‘parlamentos abiertos’, realiza consultas a diestra y siniestra (casi siempre a siniestra), ‘negocia’ con grupos violentos e ilícitos, aparenta ser muy ‘democrático’ y en realidad es un tirano con sobreabundancia de saliva que tarde o temprano (temprano, tempranito), cae en contradicciones y desgobierno. La gente no perdona eso.

El punto fino es qué se puede discutir.

Consultar al pueblo sobre cosas como el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual, suena sensato, por ser temas que tocan las costumbres de la gente… pero el desenlace de esas consultas luego resulta jurídicamente esperpéntico. No es fácil.

En lógica (en filosofía), se dice que hay cosas indiscutibles: no son argumentables los axiomas (del griego ‘axios’, valioso), son obvios, no requieren prueba (el todo es mayor que la parte; no se puede ser y no ser al mismo tiempo); y con axiomas los aristotélicos latinos integraron el ‘habitus principiorum’, el hábito de los principios.

En la cosa pública, en la política, puede ser un axioma: la ley no se discute; y otro, que el gobernante es el primer obligado y la impone. Si ni en eso estamos de acuerdo, no vendrá el populismo sino el desorden, la tiranía de la baba.

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