Masiosare

José Antonio Molina Farro

A mi hija María Molina, madre primeriza de un hermoso bebé. Con amor infinito

Juan Miguel Zunzunegui, autor del libro  {Masiosare. Nuestro Extraño Enemigo}, relata con  precisión el cómo  Masiosare “está oculto en lo más profundo del inconsciente colectivo del mexicano y detrás de muchos de nuestros mitos y patrones de conducta… en su gandallismo y su chingonería”. Viaja al pasado y nos revela traumas y mitos que nos dividen como pueblo. {Luchamos entre nosotros todo el siglo XIX, inauguramos el XX peleando, y seguimos en esa tradición en el XXI}. Algo ha ido destrozando a México: nuestro rencor, nuestro individualismo, nuestra desconfianza, nuestro egoísmo y nuestra disposición a pelear}. Sin embargo, de ello, el autor no es fatalista… {el refrán es falso: sí cuesta mucho trabajo enderezarse cuando uno nació torcido, pero es absolutamente posible hacerlo…Somos libres de cambiar el rumbo, de mover la historia, de echar nuevas raíces}.

Habla de tres grandes mitos que nos aniquilan y de los que más se alimenta Masiosare:

EL MITO DEL AZTECA. Que pretende que el mexicano desciende del azteca. Que éste, como indígena, era poseedor de una cultura superior y de conocimientos místicos… humillado más que humilde, más por necesidad que por convicción.

EL MITO DE LA MALINCHE. Que representa al traidor, ella, a quien suponemos mexicana, aunque no existiera la nación y no fuera azteca, se unió al extranjero para su propio beneficio. Desde entonces lo extranjero nos atemoriza y hasta horroriza, lo vemos como potencial nuevo conquistador, desconociendo que la mitad de nuestro ser está conformada por el extranjero que nos sometió.

EL MITO DE CORTÉS. Es el conquistador de nosotros, es el tirano, el malo de la historia que conquistó a una nación llamada México. El eterno discurso que deposita todas nuestras culpas en algo ajeno a nosotros. Aquí me parece oportuno recordar la maravillosa y certera frase de Jaime Torres Bodet, inscrita en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, “No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

El pueblo bueno. Somos honestos y trabajadores, pobres pero honrados. “Fuimos grandes pero nos conquistó el desgraciado de Cortés”… Éramos libres y con futuro pero el méndigo de Santa Anna vendió la mitad deshabitada del país. “Votamos por Fox pero el maldito no hizo el cambio, como Mejía Barón cuando, no más por joder a México o a Hugo, tampoco hizo los cambios. Vivimos de la chingada por gobiernos rateros, mañosos y cínicos, políticos corruptos, burócratas huevones, ricos abusivos, intelectuales arrogantes, mirreyes insensibles, cárteles violentos… Qué raro; de dónde saldrá tanto delincuente en un país habitado por un pueblo tan bueno y piadoso… evidentemente llegó de otro planeta, porque sería imposible que surgiera de un pueblo tan bueno”.

Santa Anna. Después de leer el texto, me resulta inevitable referirme a uno de los personajes más vilipendiados de nuestra torcida historia oficial de héroes y villanos. Cuántas generaciones crecimos educados en la creencia de que Antonio López de Santa Anna fue un traidor que vendió más de la mitad de nuestro territorio, 2 millones 400 mil kilómetros cuadrados, al gobierno de los EU. Lo cierto es que el Tratado de Guadalupe Hidalgo que cede ese territorio por una cantidad acordada, pero no entregada en su totalidad, fue suscrito en 1848, durante la presidencia de Manuel de la Peña y Peña, un liberal moderado que ya no quería más sangre y cuya única misión en sus dos breves interinatos, era alcanzar la paz. A la sazón dijo: “El que quiera calificar de deshonroso el Tratado de Guadalupe por la extensión del territorio cedido, no resolverá nunca como podrá terminarse una guerra desgraciada…Los territorios que se han cedido no se pierden  por la suma de quince millones de dólares sino por recobrar nuestros puertos… por la cesación de todo género de horrores…” En ese momento Santa Anna estaba exiliado en Colombia, donde, por cierto, según reportaje de la revista Proceso es considerado un prócer y benefactor en el municipio de Turbaco. {En una carta de la época decían que encarnaba “todo lo bello, todo lo sublime y todo lo heroico”; tanto lo idolatran que en 2019 había un proyecto para erigirle una estatua, lo cual se explica por las obras que construyó, caminos, cementerios, restauración de la iglesia… y lo que en su época fue un emporio agropecuario que incluía grandes plantaciones de azúcar, tabaco, cría de ganado, trapiches, etc}. Hay que decir que no sólo fue el seductor de la patria, también dejó muchos descendientes por sus amoríos con mujeres hermosas.

Cierto es que Santa Anna vendió La Mesilla (77 mil kilómetros cuadrados) en siete millones de dólares para que los EU construyeran un ferrocarril transcontinental.  El dinero lo utilizó para pagar deudas contraídas para los gastos de guerra, y otra buena parte para su bolsa. Por cierto, Miguel Lerdo de Tejada en un banquete ofrecido al ejército invasor en el Ayuntamiento de la Ciudad de México, brindó por la posible anexión de México a los EU. Santa Anna, aunque corrupto, fue nacionalista y patriota, nunca vendió la mitad o más de nuestro territorio, luchó con valentía contra los españoles, franceses y americanos. A su muerte El Ahuizote escribió: “Su nombre está escrito en la epopeya de nuestros héroes. Aquél hombre que ha muerto ya bajó a la tumba sin pompa ni ostentación. Acabó sus días en la miseria más absoluta. Respetemos la memoria del proclamador de la república, del héroe de la independencia y perdonemos los errores del gobernante”.

 

PD. “Los hombres fueron cayendo víctimas de los mitos sin oponer resistencia. Ernst Cassirer

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