Meter la pata: La Feria

SR. LÓPEZ

La prima Lola, de las de Toluca, era guapa estándar (no de parar el tráfico como las de Autlán). A sus 18 años la empezó a cortejar un señor cuarentón que presentaba todos los síntomas de ser poco más que rico. Sus papás aunque no muy de acuerdo, no se opusieron y en pocos meses aquello era la repuesta en escena de Antonio y Cleopatra. Cuando el asunto llegó al punto de hablar de casorio, reventó el cuete: era divorciado. Llanto y crujir de dientes en la familia, católicos a machamartillo en los años 50´s del siglo pasado toluqueño, pero la prima que estaba enamorada de matar a un diabético, se defendió mejor que Stalingrado del embate alemán y dejó claro que habría boda con y sin ellos. Resignación y preparativos. Anillo de compromiso (que valía más que la casa de los tíos). Reparto de invitaciones. Traje de novia importado. Salón de fiestas contratado. Arribo de regalos… y de repente (como llegan los sismos), Lola hizo saber que se cancelaba todo. Sus papás reprimiendo el gustazo, se enteraron que el cuarentón le había pedido a su hija que firmara ante Notario un contrato prenupcial con algunas cláusulas respecto del dinero de él y ofendiéndola infinitamente, el compromiso de ella de serle fiel… y hasta ahí llegó el amor. Ya luego se casó con uno normal. Le fue bien.

En la mañanera de ayer, una reportera preguntó al Presidente, seguramente después de leer La Feria (ese que se rio, ¡se me sale!), si estaba dispuesto a firmar que no va a prolongar su mandato, como hizo ante Notario respecto de no reelegirse.

El Presidente, sin poder reprimir su vis cómica, respondió: “No, no va a haber reelección, no va a haber reelección, si eso es también lo que les preocupa. Me quedan todavía seis años porque formalmente me quedan tres, pero como trabajo al doble son seis, o sea, vamos a seguir transformando al país” (se solicita información).

Muy satisfecho con su chistorete, agregó que su permanencia al frente del Poder Ejecutivo, “depende de la decisión del pueblo” y recordó que en marzo de 2022, será la consulta de revocación de mandato para saber si sigue o no: “Porque el pueblo pone y el pueblo quita, y yo no voy a estar aquí si no tengo el apoyo del pueblo. Ya cuando un Presidente tiene el respaldo de sólo el 25, el 30 por ciento de la población ¿ya qué hace? Yo, cuando deje de tener mayoría, cuando ya no esté de acuerdo el pueblo, me voy a Palenque, Chiapas”.

El tenochca optimista exclama: “¡Ahí está, no hay bronca!”; el tenochca agorero murmura: “Si gana la consulta, se va a querer quedar, está claro”; el gélido tenochca racional, piensa: “Pues no aceptó firmar”.

Efectivamente, desolado lector (en humilde singular): el Presidente, con esa su tropical picardía reiteró que no se piensa reelegir (ni puede), pero evadió la temible palabra: “prolongar”. Tan fácil que era decir: “No, no va a haber prolongación de mandato, si eso es también lo que les preocupa”. Y para dejar espeluzando (con los pelos parados) al tenochca más bragado, añadió en el filo de la navaja, eso de que “depende de la decisión del pueblo” que se puede interpretar a la cándida (se va si no lo quieren) o a la perversa (se queda después de una consulta como la del aeropuerto o la cervecera, o sea, por sus calzones).

Bueno, pues le tengo dos noticias, señor Presidente, la primera: usted no puede irse a su finca en Palenque ni dejar el cargo porque sondeos de opinión, encuestas o lo que sea, indiquen que no lo respalda el pueblo, ¿de qué artículo de la Constitución saca esos porcentajes de respaldo como justificación para abandonar sus responsabilidades?, juró cumplir, cumpla; y la segunda: la reelección o el fraude a la Constitución que significa prolongar el mandato, no dependen del pueblo sino de la ley, pues no puede estar más claro que el Presidente dura en su encargo exactamente seis años (en su caso, menos dos meses, ¡qué tristeza!), y que no puede repetir jamás. Esa era la respuesta: lo que manda la Constitución, punto.

Este menda ha dicho antes que no está de acuerdo en esa vacilada de la consulta de revocación del mandato, primero, porque si empezamos a quitar presidentes mediante consultas (“el pueblo quita”), vamos a acabar como algunos países del sur, en el despelote perpetuo; no, los elegimos para un periodo y nos aguantamos el periodo completo, aunque sea una pesadilla soportar a algunos infames (no todos, tampoco, hemos tenido no pocos presidentes muy presentables); y segundo, porque la consulta de revocación de mandato es el prólogo de la consulta de prolongación de mandato (“el pueblo pone”).

El Presidente, bajo los efectos de su progresivo narcisismo, aseguró que su gobierno ya sentó sin violencia, las bases de la cuarta transformación: “Y es una transformación muy profunda, igual de profunda que la Independencia, que la Reforma, que la Revolución, porque estamos arrancando de raíz el principal mal de México, lo que más aqueja a la nación: la corrupción”. Ya lo perdimos.

Este Presidente considera que su gobierno está a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución. Ya se ve en el billete de 500… ha de pensar que ya se prepara su efigie en mármol para ponerlo de pie tras Benito Juárez en el Hemiciclo; debe estar checando si hay urna libre en el Monumento a la Revolución, para que ahí reposen sus restos cuando, Dios no lo quiera, pase al definitivo estado de fiambre. Y él mismo explica el mérito que le deberá reconocer la patria: estar arrancando de raíz la corrupción.

Quién sabe qué entienda por corrupción, parece que solo al acto de robar al erario y hacer negocios indebidos desde el poder… y no, señor Presidente, corrupción también es pervertir, dañar, echar a perder, pudrir, y su gobierno llena todos los requisitos: ha pervertido el apoyo de la gente para justificar sus caprichos, daña el equilibrio de poderes, echó a perder la economía y apestan a podrido su falta de respeto a la ley y su manejo discrecional de los caudales públicos.

No se puede hablar tanto sin meter la pata.

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