Muro de la ignominia: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Minita (Herminia), decía que ella sí estuvo de acuerdo con su esposo, tío Nacho, en dormir en recámaras separadas, que eso no había sido el motivo del divorcio, sino que el tío puso cerradura de calle en su puerta. Bueno… siendo así.

Marchar, hacer manifestaciones, mítines y campamentos de protesta, en México es parte del paisaje, nada nuevo, y aparte de irritar a los que impide llegar a tiempo a sus compromisos laborales o lúdicos, no sirven de mucho, más bien, son de probada ineficacia para conseguir nada del gobierno (aplican restricciones: algunos organizadores de algunas de esas protestas -pocas o muchas, no se sabe-, reciben pagos en efectivo para que las aguas regresen a su cauce; caso de estudio: Andrés Manuel López Obrador, ‘subsidios’ recibidos en el sexenio de Salinas de Gortari, para desalojar la plancha del Zócalo; se recomienda prudencia, pueden ser calumnias, por lo que se sugiere revisar denuncia de Miguel Ángel Yunes en Milenio digital, 22 de febrero de 2017: “Te quiero recordar -tuteando el igualado éste a nuestro ahora Presidente-, por si ya se te olvidó, que tú y tu movimiento recibían dos millones y medio de pesos mensuales de Duarte -entonces gobernador de Veracruz, hoy, apestado nacional-, y la razón, si se le puede llamar razón, por la cual los recibían, era la amenaza de dejar sin agua a los habitantes de Coatzacoalcos cerrando las válvulas de la presa Yuribia”; sea cierto o mentira, se llevan feo).

Por obvias razones, la capital del país es donde se concentra el mayor número de estos actos cívico-deportivos. Tan solo en 2018 los gallardos habitantes de la CdMx, disfrutaron del espectáculo gratuito de dos mil 436 marchas y 58 plantones, la mayoría de estos en la Plaza de la Constitución, frente a Palacio Nacional.

Esto de protestar en la vía pública sin reacciones secundarias contrarias a la salud de los marchistas o plantados, se puso de moda después de 1968, último año en que acudir a una manifestación era un riesgo cierto a la integridad física, pues los gobernantes que siguieron, viendo la famita con que quedó Gustavo Díaz Ordaz, optaron por la estrategia de cancha libre: las calles y plazas están a la disposición de quien las quiera ocupar para realizar ejercicios de política aeróbica, y las autoridades se abstienen de cumplir con su obligación de preservar el libre tránsito y sancionar el daño en propiedad ajena, consiguiendo dos cosas: aparentar que respetan la manifestación de las ideas y probar sin duda, que de nada sirven las gestiones andariegas legítimas e ilegítimas.

Eso último debe subrayarse: no todas pero sí muchas protestas son legítimas, aunque tampoco se puede negar que hay otras de dudoso origen, organizadas para el beneficio personal de sus líderes. Y ya en estas, se le informa que al menos en la CdMx, se presentan dos fenómenos interesantes, por no decir nada altisonante: la existencia de grupos profesionales dedicados a la renta de marchistas que se contratan para la causa que sea (y levantan pedido con catálogo de conceptos: manifestantes por hora o por día; pacíficos o violentos; con o sin alimentos; con o sin baño; con o sin transporte); y la existencia de escuadrones de falsos manifestantes, organizados y pagados por políticos o funcionarios, dedicados a infiltrar marchas y protestas, provocar destrozos, golpear marchistas y policías, a fin de deslegitimar la causa de que se trate del grupo que sea; por eso son liberados rapidito los que llega a detener la fuerza pública.

Aparte están las manifestaciones de apoyo a los gobernantes, todas ficticias, organizadas con los muy mexicanos “acarreados”, con todo descaro. Parece que México es creador de esta política teatral que no sirve sino para alimentar el ego del elogiado y su colección de fotografías en olor de multitud, aunque sea un ‘performance’ masivo. Nadie las cree, a nadie convencen, pero no importa, ellos sienten bonito.

Dejando eso de lado, de las otras manifestaciones uno no tiene modo de saber qué marcha o protesta es legítima, pero es muy difícil dudar de la autenticidad de las demostraciones multitudinarias. Un ejemplo son las seis enormes marchas contra la ineficacia del gobierno en el combate a la inseguridad pública (1997, 2004, 2008, 2011, 2014 y 2020).

Para el anecdotario, la ‘Gran Marcha Blanca’ del 27 de junio de 2004, inmensa manifestación del Ángel de la Independencia hasta el Zócalo, coreando la consigna “no más secuestros”, por la ineficacia del entonces Jefe de Gobierno, López Obrador, quien la despreció como “la marcha de los pirrurris”.

Sabido es el flujo y reflujo de nuestras costumbres políticas, pero hay una novedad: amurallar Palacio Nacional.

Ante la inminencia de la marcha de mujeres que se realizará este lunes 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, el gobierno decidió cercar la sede del Poder Ejecutivo, con vallas metálicas de más de dos metros de altura, primera vez en la historia del país que se hace semejante cosa.

Hace bien el gobierno en esperar una sonora protesta femenina. El Presidente de la república recibe a representantes de todo, menos de mujeres olvidando que de los poco más de 30 millones de votos que lo hicieron Presidente, casi 14 millones 800 mil fueron de mujeres, quienes a cambio vieron desaparecer estancias infantiles, refugios para mujeres golpeadas, falta de exámenes y atención a enfermas de cáncer de mama y cervicouterino… y 10 asesinadas por día. ¡10!

Sí, las mujeres de este país, que son más de la mitad de la población, difícilmente van a olvidar cuando el presidente pidió el 10 de febrero de 2020, que no se opacara el tema de la rifa del avión presidencial con los feminicidios. Y menos van a pasar por alto el apoyo político del Presidente al infame Félix Salgado Macedonio.

Y la segunda novedad es que por primera vez una protesta triunfa antes de realizarse: las mujeres, con esa valla, exhiben a este gobierno como es realmente, confinado, ajeno, voluntariamente preso tras su muro de la ignominia.

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