Nuestros héroes: Galimatías

Ernesto Gómez Pananá

Diciembre de 2019. Los noticieros del mundo reportaban un extraño y letal virus contagiando seres humanos en una remota ciudad China. Al igual que muchos, yo fui de los pensaba que esto sería similar a la gripe aviar o a las vacas locas, un asunto noticioso que no nos afectaría estando a tantos miles de kilómetros de distancia.

Un año después, el mundo es otro: nueva normalidad y nuevos conceptos. Sana distancia, cubrebocas, dosis uno y dosis dos, letalidad, intubación, sanitización, ventiladores, videollamada, teletrabajo. Hoy más que nunca aplica el neotérmino resiliencia. Adaptarse a esto que hoy es la realidad y que no retornará a lo que fue. Ni a lo que fuimos.

Pero vistas con madurez, las cosas no son ni buenas ni malas -dolorosas si-, pero esto no es un castigo divino ni tampoco un complot para dominarnos y dominar el mundo. En todo caso, estamos ante el acontecimiento histórico de mayor envergadura en siglos, y es nuestra oportunidad de dar un brinco evolutivo como especie pensante que presumimos ser.

Esos brincos evolutivos se construyen a partir de pequeños cambios, de pequeños hechos significativos que en conjunto construyen la evolución. Esos cambios pueden ser aquellos que provocan que nuestros ancestros comiencen a caminar apoyados únicamente en las extremidades inferiores, erguidos y ya no como el resto de los mamíferos, en cuatro patas. Esos cambios son también los que en su momento liberaron de la esclavitud a las personas venidas de África que servían en territorios de la nueva España o de las 13 colonias americanas.

Mezclo estas referencias con un recuerdo de algo que pude ver hace 30 años en Europa y que me llamó muchísimo la atención, puedo decir que incluso me marcó:

Para ese entonces, 1992, era posible encontrarse en las calles a hombres que habían combatido en la Segunda Guerra Mundial contra Hitler, algunos ya ancianos de 70 años o más, jóvenes que en 1945 contribuyeron a derrotar a los nazis. Veteranos de la Gran Guerra. Sobrevivientes.

Estos hombres ancianos vivían con modestia pero con mucha gallardía su vejez, al salir a la calle portaban generalmente sacos o abrigos de estilo militar en los que prendían todas las condecoraciones recibidas por su valentía en el frente, sus condecoraciones multicolores en el pecho.

En el transporte público, el metro, los autobuses o los tranvías, sin dudarlo cualquier ciudadano joven, hombre o mujer se ponía inmediatamente de pie para cederle el asiento a cualquiera de estos veteranos de guerra, siempre. Y si alguien no lo hacía, incluso ellos mismos, los veteranos, podían pedirle a ese ciudadano indiferente, que se pusiese de pie para cederle el lugar. No puedo negar que era muy emocionante. Era reconocer en una mínima medida que esas patrias, esas ciudades y esas familias existían gracias al valor de quienes derrotaron a los países del eje.

Todo esto viene a cuento porque, por cuestiones de trabajo, estos días he tenido oportunidad de atestiguar de manera muy cercana el proceso de vacunación anti COVID para adultos mayores en nuestro país.

Tengo claro que este proceso como tantas otras cosas en esta administración, genera opiniones encontradas, por un lado quienes reconocen, aplauden y se suman a las políticas actuales y quienes por otro lado, cuestionan critican y desestiman todo lo que hoy día hace la administración federal. No deja de ser política, y no deja de ser en muchos sentidos la misma de otros tiempos. Se comprende.

No obstante ello, tampoco puedo negar que atestiguar la llegada de tantísimos adultos mayores a los puntos de vacunación es emocionante. Es un poco reconocer sus aportaciones para lo que bien que mal hoy somos, es vivir un momento en el que de manera auténtica los más débiles tienen la prioridad. Es vivir un momento en el que se desafían la ley del más fuerte, la ley de la selva, la ley de la agandalle, e incluso se dejan de lado la cartera o las influencias políticas: Soy testigo de que aquí, todos los adultos mayores, al asistir a ponerse la vacuna, recibieron el mismo trato, fueron atendidos lo más pronto posible y no hubo distingos para nadie, sólo para ellos. Eso, sin lugar a duda, nos pone en el camino de ser mejores.

Oximoronas. En ese mismo tenor, dedico mi columna de hoy al gran equipo de colaboradores que tengo el privilegio de encabezar, mis compañeros en ORE-BBBJ Chiapas, mi reconocimiento también, a mis compañeros de Bienestar y del hospital Gómez Maza. Buen trabajo. Apenas empieza.

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