Rumbo equivocado: La Feria

SR. LÓPEZ

Como bien sabe, las mujeres de la rama materno-toluqueña del berenjenal genealógico de este menda, eran católicas de espantar a Torquemada (1420-1498; Inquisidor General de aquella simpática institución que asaba herejes). De ese lado era tía Nani, bautizada Encarnación Jesusa María Josefina de la Santísima Trinidad Ávila Mendoza y Gómez Tagle, que quedó en Nani por lógica y por evitar colapso de pulmón. La tía vestía siempre con modestia blusas cerradas al cuello y faldas hasta el piso, al menos en horas hábiles pues tuvo con tío Tito (Augusto), once hijos (nueve niñas y dos varoncitos). Tía Nani de joven debió ser guapa de sofoco y era buena persona pero con un defecto insoportable: todo el tiempo hablaba de religión y sermoneaba de un hilo con y sin razón, lo que no impidió que fuera abuela sin yernos, de cinco de sus hijas, y que de su hijo mayor (Tito Chico), se dijeran cosas muy feas (en esa época, mediados del siglo pasado, no como ahora que es casi de presumir); asuntos sobre los que sostenía impertérrita que sus nietos eran niños que recogía y que su lánguido hijo, no se casó nunca porque había hecho voto privado de celibato. La tía enviudó y vivió largos años más, ya siempre de negro; luego le tocó turno (con santos óleos, auxilio espiritual y bendición apostólica). Ya despachado el fiambre y pasadas las 30 misas que pidió le celebraran, la abuela Virgen dijo (en serio), que iba a pedir al señor Obispo iniciar el proceso de beatificación de tía Nani, lo que atajó el más impresentable primo que tenerse pueda, Pepe: -Yo sugiero esperar a que ya no viva ninguno de los papás de sus hijos, porque tío Tito, en paz descanse, jamás la tocó… y ya viuda no regresaba de misa a su casa a las seis y media de la mañana, sino que llegaba a esas horas… -casi se infarta la abuela, pero era la verdad monda y lironda. Todo teatro, puro cuento.

Ignora el del teclado si en otros países haga falta, pero en el nuestro es clara la necesidad de dar algo de educación a los que piensen dedicar su vida al servicio de los demás, mediante el ejercicio del noble oficio de la política; en especial a quienes opten por la vía electoral para ejercer cargos públicos, para que se enteren que no son elegidos como superiores ni papás de los tenochcas simplex. No. Quienes son electos y gobiernan, son nuestros empleados. Ni más, ni menos.

El problema empieza desde que les llamamos ‘autoridad’ (que sí son), y ellos entienden que por serlo, tienen lo que los teóricos llaman ‘autoridad lineal’, en la que se da una relación superior-subordinado (como en los cuerpos policiacos o militares)… y no, de ninguna manera los ciudadanos somos sus subordinados. Su autoridad es la del cargo (no de ellos), del cumplimiento de las obligaciones y ejercicio de facultades a que quedan obligados al aceptar el puesto para el que fueron electos. Y a eso sí estamos todos obligados y subordinados: a nuestras leyes. Y esto, con una diferencia de fondo: los ciudadanos podemos hacer TODO lo que no esté prohibido en la ley y los funcionarios públicos SOLO pueden hacer aquello para lo que los faculta el cargo. Detallito.

Hasta hace no mucho, la autoridad era de arriba hacia abajo (a garrotazos, cañonazos o como fuera, se imponía alguien por sobre los demás, se sentaba en el trono y ¡bájenme!); luego y de a poquitos, se puso de moda la democracia, el exacto contrario: la autoridad va de abajo hacia arriba. La soberanía no ‘viene de Dios’ ni de ‘derechos de sangre’, sino del pueblo llano que delega su soberanía, mediante elecciones, en quien le pega la gana.

Por todo ese enredo es mejor llamarlos ‘servidores públicos’ y no ‘autoridades’. Pero igual, ya quedó claro: son autoridad en tanto cumplan y hagan cumplir las leyes. Ni un milímetro más ni menos.

Otra cosa que da quebraderos de cabeza es la equivalencia de contenido etimológico entre moral y ética. La verdad significan lo mismo (un por cierto: está hasta el copete este junta palabras de oír decir que ética viene del griego ‘ethos’… no, viene de ‘ithikós’, del que saltó al latín como ‘ethĭcus’).

El enredo lo empezó Cicerón. Quería enriquecer su idioma (el latín), por lo que se le ocurrió escribir (al inicio de su obra ‘Del destino’): “(…) lo que los griegos llaman ithikós, atañe a las costumbres, que para nosotros es la parte de la filosofía ‘del estudio de las costumbres’, por lo que parece apropiado llamarla ‘moral’ para que se enriquezca la lengua latina” (Sed decet augentem linguam Latinam nominare moralem). Ahí lo checa en Cic. Fat. 1, 1). Y moral en latín es ‘mos, moris’, costumbre.

Parece apropiado llamarla moral (“Sed decet augentem linguam Latinam nominare moralem”), sí entonces, pero ahora no lo parece tanto.

En tiempos antiguos la vida religiosa de los romanos vertebraba las leyes de la ciudadanía y aseguraba el honor y la tranquilidad de la ‘Res publica’ (la república). Ahí revise por su cuenta el primer párrafo de “‘Superstitio’ y ‘magia’: atentados a la observancia religiosa de la ‘res publica’, escrito por doña Rosalia Rodríguez López para la ‘Rivista di Diritto Romano -V- 2005’; página 323. Le va a gustar. En serio.

Por todo eso y de largo tiempo acá, se usa ‘moral’ en referencia a las costumbres, y ‘ética’, a las leyes, precisamente para evitar que los gobernantes se metan en lo que no les importa.

Como sea es de risa loca oír a nuestros políticos (los nuestros, los de México), hablar de moral, cuando en todo caso, debieran hablar de ética. Y viene al caso por la fina distinción hecha por nuestro Presidente, sobre los perdones fiscales que otorgaba el SAT, diciendo que eran “un asunto legal, pero inmoral”, con excepción del pavoroso caso de doña Polevnsky, a la que si le cree que fue por un error de su Contador.

Muy resbaloso enfrentar ley y moral… por ejemplo en cosas de igualdad de género, de matrimonio homosexual, adopción de hijos en matrimonios homosexuales, aborto… cuidado, mucho cuidado, cantaría José José, están tomando por el rumbo equivocado.

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