¡Se ve, se siente! : La Feria

Sr. López

En cualquier fiesta de la parentela toluqueña de este menda, podía uno jugar con la idea de quién ahorcaría a quién o quién abriría una botella de sidra con la cabeza de otro; pero, no, parecía que los incómodos fueran transparentes, que no se veían entre ellos, aparentando tal cordialidad que cualquier extraño hubiera jurado que prevalecía el cariño verdad. Con los años comprendió su texto servidor que la ceguera voluntaria que observaba en su familia no era rareza sino característica nacional.
Si pasa en otros países lo ignora el del teclado, pero en México se practica masivamente el deporte de la vista selectiva, el no ver lo que nos incomoda, ser ciegos a conveniencia.
El rico no ve a los pobres; el pobre no ve a los miserables. El banquero no ve que embarga viudas. El mal empresario no ve las mejillas transparentes de sus empleados. La patrona no ve los cinco hijos de la sirvienta. Los generales no ven a los sardos. El obispo no ven a los curas. El cura no ve que le dan limosna los que no tienen qué comer. Nadie ve a los indios.
La señora, en el aire acondicionado de su carro, no ve en el semáforo al niño que le ofrece un chicle. Su marido, en otro carro, en otro semáforo, en su aire acondicionado, maldice choferes de combis, mientras piensa en descontar un día de sueldo a su secretaria que ha llegado tarde tres veces y no la ve en otro crucero, esperando la cuarta combi para ir al trabajo.
La policía no ve a los ladrones. Los alcaldes no ven los baches. Los de limpia no ven la basura. Los líderes sindicales no ven a los obreros. Nadie ve a los presos. El político no ve a nadie (todo con las excepciones bla, bla, bla).
Es tanto lo que no es grato ver, que cada vez vemos menos. Nadie ve inmigrantes; nadie ve que van como reses al matadero; nadie ve a los oficiales de migración coludidos con traficantes de personas; nadie ve a la Guardia Nacional silbando de lado. Nadie ve levantones. Nadie ve el trasiego de armas. Nadie ve el despelote de nuestras fronteras. Nadie ve la riqueza mal habida. Nadie ve a la cincuentona disfrazada de joven, que se ofrece en la noche; nadie ve a la adolescente disfrazada de mujer, que se vende en la calle; nadie ve a su padrote; nadie ve al patrullero que extorsiona a los tres. Nadie ve al que pide limosna afuera de la farmacia. Nadie ve a los niños que se crían en albañales. Nadie ve nada.
Vemos televisión. Vemos películas yanquis. Vemos publicidad con mujeres estupendas. Vemos catálogos de inutilidades indispensables. Vemos tiendas. Vemos coches de lujo. Vemos a nuestros similares y vemos para arriba.
En plena colecta de firmas para iniciar la consulta de revocación de mandato, nadie ve a los del Morena recabando firmas para la ratificación de mandato; nadie ve que hay firmas de muertos, fotos de sillas en lugar de la cara del que firmó; hemos visto tanto tantas cosas que es mejor no verlas más, aunque las tengamos enfrente.
Ahora, con el ritual reproductivo del poder presidencial anticipado dos años, nadie ve al PRI haciéndole el juego al Presidente, nadie ve el cinismo de doña Sheinbaum, principal aspirante a que el gran dedo de Palacio la señale, hablando de cómo su gurú y su movimiento han corregido los problemas que no han corregido o de plano, cuando no se puede ocultar lo que sigue torcido, culpando a los que hace tres años les entregaron todo el instrumental del poder y montañas de dinero en fondos y fideicomisos para emergencias, catástrofes y desarrollo, que ya se esfumaron.
El político promedio en campaña, se presenta ante el electorado como si acabara de iniciar su vida en el servicio público; ninguno tiene historia; ninguno responde por nada; todo es como es porque no estaban ellos, cuando todos sabemos que ellos estaban. Y en la CdMx, desde hace décadas están ellos y están los mismos problemas, agravados: nadie vio que se cayó un tramo del Metro; nadie ha visto las bandas del narco instaladas en la capital del país; nadie ve las bodegas de contrabando en Tepito; nadie ve a los que cobran piso. Nadie.
Este gobierno a fuerza de esperpéntico se ha vuelto invisible. Todo aparenta estar en calma. Nadie ve las mañaneras, los más de cien mil asesinatos, los casi medio millón de muertos por la pandemia, las protestas constantes en el Zócalo, las marchas, los plantones, los cierres del aeropuerto. Nadie ve la inflación incontenible, la educación de regreso a los brazos del sindicato que la pudrió, el salario mínimo que de nueva cuenta no alcanza para nada. Esa es la especialidad nacional, no ver lo que repugna y así continúa la fermentación nacional.
El Presidente no asume que ya es el Presidente y ya con tres años viviendo en Palacio Nacional, mantiene su discurso oposicionista, sin explicarle a nadie como hace para no enterarse de la corrupción rampante entre algunos de sus cuadros y sus cercanos, porque a él lo único que le importa es que todos sean dóciles y leales, los resultados pueden esperar, van a esperar. Y como buen nacional mexicano, el Presidente no ve que está sentado sobre una montaña de problemas.
El gobierno federal está empeñado en que con dosis masivas de propaganda, acabaremos convencidos que el año 2018 nacieron todas las flores. Su confianza se ratifica en la atomizada oposición, con el PRD testimonial, el PAN hecho garras, el PRI silbando Aventurera (de Agustín Lara: “vende caro tu amor…”), y Movimiento Ciudadano enseñando a caminar a un joven cuyas credenciales son ser hijo de su papá.
Pero se equivocan, como el tramposo que arregla un juego con tramposos: la oposición real que habrán de enfrentar, viene de sus propias filas. Es demasiado lo que está en juego, casi 8 billones de pesos de presupuesto anual… porque eso sí lo ven todos los políticos: el dinero.
Y ratifica su error triunfalista que ayer el Poder Judicial probó que no padece ceguera voluntaria: ya concedió un primer amparo contra el decretazo que blindaba las cuentas de todas las obras federales de infraestructura… ¡se ve, se siente!

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