Sin babas ni necedades: La Feria

SR. LÓPEZ

Si había un matrimonio modélico y bien avenido, ese era el del refinado tío Manuel y la elegante tía Cata (Catalina, guapa y lo que sigue), a los que nunca se les vio un mal modo entre ellos, y no se les oyó sino ‘lo que tú dispongas’, ‘sí tú quieres yo quiero’. No tenían hijos, vivían en Toluca y su casa era un remanso de paz, lo que dio mayor resonancia al estruendo que causó su súbita ruptura y que tía Cata pregonara a los cuatro vientos algunos gustos del tío que no es común ni bien visto ventilar, arrejuntada muy oronda, con un tipo prieto, hecho a marro, garrudo, fuerte como caballo de tiro, unos diez años menor que ella y que algo hacía que ella vivía con una sonrisa de esas de comer tostadas. Como era habitual con todo lo de no presumir, la familia materna corrió un tupido velo de discreción, pero tío Carlos vivió el resto de su larga vida con fama de… bueno, ahora es políticamente incorrectísimo, pero sí, con esa fama vivió (y según el impresentable primo Pepe, en ciertos establecimientos de esparcimiento poco recomendables, lo conocían como ‘la Manola’… que feo es el chisme).

De repente algo pasó en Latinoamérica. Se suponía que el desorden venezolano y nicaragüense, tenían explicación sencilla y que en esos países pasa lo que pasa, porque tenía que pasar: la izquierda-castrista-chavista, marxismo de pacotilla, de lemas y veneración de estampas de un sociópata que era fotogénico y confeso asesino serial (léase el diario de viajes por América Latina del Che Guevara, 1951-1952; en el que escribe sin pudor: “Degollaré a todos mis enemigos”; o su ‘Mensaje a la tricontinental’ de abril de 1967: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”; o la carta a su esposa del 28 de enero de 1957: “Aquí, en la selva cubana, vivo y sediento de sangre”). Y si le da flojera leer, busque en You Tube, el discurso del Che ante la Asamblea General de la ONU en 1964, en la que dijo: “Hemos fusilado, fusilamos, y seguiremos fusilando mientras sea necesario”; y este Robespierre de ocasión, marxista sin haber leído jamás ‘El Capital’, aventurero que mató a cerca de dos mil personas, es parte de la escenografía de cartón piedra de la tragedia venezolana y nicaragüense. Pues claro, pasa lo que tenía que pasar…

Pero cuando ve uno que en Brasil se trepa al poder un populista-militarista sin máscara, de la derecha más impresentable; y que en Chile con un presidente de centro derecha, Sebastián Piñera, tipo decente, demócrata, abierto opositor a la continuidad de Pinochet, a ése… el país se le incendió.

O sea, unos por izquierdistas, otros por derechistas, y sume al desgarriate a Bolivia, Ecuador, Haití y hasta Puerto Rico. Y a la Argentina regresa el peronismo, rara  centro izquierda con tufo fascista, con su indeleble mancha en la cara de la que nadie habla: el peronismo dio refugio durante décadas a nazis de la peor calaña, por ambición del simpático Juan Domingo Perón y su encantadora esposa, Evita; y ahora eso acaba de ganar las elecciones con la fórmula compuesta con Alberto Fernández y la expresidenta bajo cinco procesos penales, Cristina Fernández. ¿Qué pasa?… no vaya a ser que sea recomendable poner las barbas en remojo.

Parece que a diferencia de inicios del siglo pasado, no hay las ideologías: los comunistas son centristas y practican el libre mercado; los derechistas son de centro y practican el libre mercado; los neoliberales se disfrazan de solidarios y son dueños del libre mercado; los demócrata cristianos son de centro y algunos, tiran para la izquierda; los de centro son de centro y silban de lado. Los militares saben que se ven mal  en el poder. Los católicos ya no cuentan; los cristianos predican un pobrismo que curiosamente produce la acumulación de capital; algunos mahometanos travestidos usan chaleco con dinamita, fundamentalistas a raja tabla; los judíos no hacen apostolado y los orientales se miran el ombligo. La especie humana sin brújula ni civil ni religiosa.

Se parecen tanto todos a todos que nosotros, los pasmados integrantes del peladaje, solo sabemos que no sabemos cómo se cocina ese platillo del poder, para atragantarse impunemente. Y padecemos de un cabreo existencial adormilado por la televisión y sus concursos ingenuos y frívolos (imbéciles también)… ¡ah! y por el deporte.

Empezamos el siglo XX con el mundo partido entre ideologías irreconciliables. Dos guerras y dos bombas atómicas después, quedamos partidos en tres: Occidente, la URSS y el Tercer Mundo (el ‘no alineado’, no el de tercera). Se desmoronó la URSS en 1991, el capital, el gran capital, coloco sus amplias posaderas sobre el planeta entero. Y los atónitos integrantes de la masa, vamos mejorando a la par que empollando un rencor creciente, inexplicable a la luz de los números: nunca ha habido menos pobres y nunca los pobres han estado menos pobres, sin que eso signifique que no hay pobreza espeluznante, que sí la hay, pero la realidad actual es en no poco mejor que la antigüedad y el pasado reciente (esperanza de vida en el siglo XIX: 35 años; ahora: 72… nada mal).

¿De dónde sale el combustible para el desorden?… sin ideologías ni creencias, dejados solo a la fuerza del mérito y la suerte de cada quien para llegar a vivir mejor, con el consumo enfermizo que nos aqueja, sin cultura (de la del diario), ni educación pero hipercomunicados, cualquiera cree cualquier cosa. Los del poder económico y político, no previeron las consecuencias de enseñar que la ley suprema es que cada quien se rasque con sus uñas. Bueno, se están rascando…

Gobernar sin sentido social, no tiene sentido, caballeros… pero con extrema seriedad, sin pretender gobernar con cadáveres del lado izquierdo del panteón de la historia, ni del derecho… con la sociedad, para la sociedad, con la simple decencia de respetar la ley… ¡ah! y sin babas ni necedades.

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