Síndrome Díaz Ordaz: La Feria

SR. LÓPEZ

La sufrida familia del impresentable primo Pepe, vivía en un edificio de media clase de 18 departamentos, en cuya azotea estaban los lavaderos, las jaulas para tender la ropa y los ‘cuartos de servicio’ (antigua denominación para referirse al austero alojamiento de las ‘muchachas’, quienes compartían todas un solo excusado y una regadera, tiempos ya idos, bendito sea el Dios en que cada uno crea). Pepe tenía de los gatos, la costumbre de incursionar por las azoteas durante la noche, evitando, por pasadas experiencias no muy gratas, la del edificio en que habitaba. Sin embargo, una tarde, a su regreso de la UNAM se encontró arracimadas en la sala-comedor de su casa, a las 17 vecinas, con sus papás al frente (tía Josefina y tío Agustín), todas ellas señalándolo como presunto responsable de un pleito muy feo entre varias de las ‘muchachas’, que decían tener tratos de coyunda con ‘el joven Pepe’. En este extraño y peculiar caso, de verdad Pepe era inocente (situación rarísima tratándose de él), pero aceptó los cargos y su mamá pasó la pena de que cambiaran la chapa de la puerta de la azotea sin darle copia a ella (hágase de cuenta que le arrancaron las insignias y charreteras a un alto oficial del ejército). Cuando Pepe se lo contó a este menda, le pregunté por qué había aceptado algo que no era cierto, siendo como era (es), el rey de la mentira, campeón del engaño, adalid del embuste, paladín de la coartada, invencible defensor de lo insostenible y respondió muy sereno: -Te he dicho mucho: la mentira debe ser creíble y nadie te va a creer que tanta gente se puso de acuerdo en calumniarte… ni modo, unas de cal por las que van de arena –y sí, ni modo.

El viernes pasado se le apareció el espanto a los medios de comunicación peso-pesado del mundo. Sí, damas y caballeros, señoras y señores, nuestro Presidente desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, en su gustado programa matutino de variedades, dijo (con voz, hágase de cuenta, de Jesucristo en el sermón de la montaña):

“Los periódicos más famosos del mundo mienten, calumnian New York Times, Washington Post, Financial Times y El País. Muy famosos, pero sin ética, por eso también ellos tienen que hacer una autocrítica, una revisión, para el regreso a la nueva normalidad porque ya no es regresar a lo mismo, ni en lo económico, ni en lo social, ni en lo cultural, ni en lo que tiene que ver con la comunicación”. (¡Que se oiga esa banda!).

No se comentará aquí la relación existente entre la veracidad de la prensa y la implantación de ‘la nueva normalidad’, equivalente al vínculo entre la gimnasia y la magnesia; cuantimenos a que no se va a ‘regresar a lo mismo’ en lo que toca a los medios de comunicación, pues, que se sepa, no hay virus que distorsione el precepto de informar sin falsedades.

Por supuesto esos grandes medios informativos no están exentos de cometer errores y como no todo el mundo es Cuautitlán, resulta que hay países en los que a los más poderosos medios informativos se les demanda por sumas millonarias y por eso, no por bondadosos, se cuidan mucho y cuando algo es de alto octano, sus directivos, antes de soltar la noticia, consultan a sus equipos jurídicos y comités internos de ética. Y así, a veces meten la pata, claro que sí, como el New York Times con lo de la injerencia rusa en la elección del Trump, asunto que acabó con una disculpa pública del medio en julio de 2017, informando de dónde obtuvieron lo que resultó ser falso (y ventanearon al organismo responsable de supervisar 17 agencias de inteligencia de los EUA, junto con el Departamento de Seguridad Nacional, la Agencia Central de Inteligencia -CIA-, la Oficina Federal de Investigación -FBI- y la Agencia de Seguridad Nacional -NSA-, o sea: no ‘inventaron’, resultaron engañados y asumieron su responsabilidad).

En serio: hay medios de comunicación y agencias noticiosas muy confiables, lo que no significa infalibles… pero de ahí a sostener que carecen de ética hay un océano. La diferencia estriba en que esas empresas pueden recibir reclamos y demandas… y un Jefe de Estado, no: nunca se ha disculpado ni ha sido vencido en juicio quien representa a un país (hay una excepción: Alemania se disculpó con Polonia por el bombardeo a una pequeña ciudad causando la muerte de mil civiles y ante Israel por el Holocausto, pero no se disculpó por haber iniciado la Segunda Guerra Mundial con su cauda de más de 60 millones de fiambres, faltaba más).

Nuestras autoridades sanitarias bien podrían sentarse a conversar con los corresponsales de esos medios en México, pedir les mostraran la información contradictoria con la oficial sobre número de enfermos de Covid 19 y el de muertes por eso… y si nuestro gobierno tiene razón, sin duda lo publicarían esos medios, al menos como versión. Seguro.

Pero salir nada más a decirles de cosas (así se decía antes para justificar un pleito: ‘me dijo de cosas’), apesta a que no se tienen argumentos y pone en ridículo a nuestro gobierno: nadie en este planeta va a poner la palabra del Presidente López Obrador por encima de información del New York Times, el Washington Post, Financial Times y El País.

Y la cosa se pone mucho peor cuando, también el viernes, se publicó la declaración de la muy morenista jefa de Gobierno de la CdMx, Claudia Sheinbaum: “Nosotros siempre hemos dicho que hay más decesos de los que se reportan diariamente por el Gobierno de México. ¿Por qué?, porque hasta ahora se reportan sólo aquellas personas que tuvieron su prueba de Covid-19 y que salió positiva y que lamentablemente fallecieron”.

Y se le recuerda que México es el país de Latinoamérica con menos pruebas y el último de la OCDE (Organización Mundial de Comercio), con un promedio de 295 pruebas por cada cien mil habitantes (Chile: ¡6,968!).

Lo único seguro es que no sabemos cuál es la realidad y que esto será el Tlatelolco del Presidente López Obrador: cargará siempre con esa leyenda, sea o no cierta. El resto de sus días padecerá el síndrome Díaz Ordaz.

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