Sufrimiento evitable: La Feria

SR. LÓPEZ

A tía Beatriz, de las del lado materno, la dejó el primer marido, sin previo aviso y esperando un hijo. El chisme de que nunca se habían casado se confirmó porque con el segundo hubo boda en una capilla lateral de Catedral; nadie comentó nada. Del segundo tuvo dos hijos y se le murió en una parranda; mejor: le daba muy mala vida. El tercero (boda discreta en la parroquia), le salió vago y fiestero, no tuvo hijos con él y la dejó por una señorita que trabajaba en paños menores en un cabaret de las afueras de Toluca. Drama. Casi de 50 de edad, incurrió en un cuarto matrimonio, ya nomás por lo civil, con un trailero, grosero de modos que ponía los pelos de punta verlo comer, y que con dos copas encima se la sentaba en las piernas delante de quien estuviera presente, porque era querendón. Este no la dejó y enviudó de él pasadita de 70. Este menda, siempre niño metiche, oyó lo que respondió a otras viejas de la familia que le preguntaron cómo se había casado con él: -Después de como me salieron los primeros tres… cualquiera era bueno –bueno, cada quien.

Para un narcisista con avidez de poder, nacer mexicano es un golpe de suerte. Tal vez haya otros países con el hábitat apropiado para el desarrollo de sabandijas, eso uno no lo sabe, pero el nuestro llena todos los requisitos, como de laboratorio con rigurosas condiciones controladas de humedad y temperatura.

Primero que nada porque el tenochca simplex promedio, no trae en la cabeza reflexiones de corte ideológico-político; los pleitos por las distintas concepciones sobre la organización y orientación del país, han sido siempre entre grupos del todo ajenos a la masa:

En el siglo XIX, monárquicos, independentistas, conservadores, liberales, masones yorkinos, masones escoceses, centralistas, federalistas, no se tomaron nunca la molestia de pedir opinión a la amalgama-mazacote que forma eso que por comodidad denominamos ‘pueblo’; actuaban todos en su nombre, claro, y el grupo que ganaba temporalmente el pleito, se imponía a los demás y el ‘pueblo’ se plegaba, sobreviviendo como podía, fuera quien fuera el mandón de turno.

En el XX, ya con don Porfirio instalado en Francia, el país quedó en el vacío filosófico. La guerra civil que sacando pecho llamamos Revolución, erradicó el positivismo de Augusto Comte que implantó el porfirismo y por ello era necesariamente maldito; lo sustituyeron por la filosofía de los fusiles de los grupos triunfantes de generalotes que mantuvieron a raya y domesticaron a anarquistas, comunistas y exaltados varios, dando paso a disciplinados trepadores, oportunistas y pragmáticos que sostuvieron sin ideas (Alfonso Reyes ‘dixit’), el ‘régimen de la revolución’, bramando con orgullo políticamente correcto que parieron ¡la primera constitución social del mundo!, la de 1917, haciendo como que no se dan cuenta que esa mirífica Constitución se ajusta sin pudor al gusto del Presidente de turno… y todo, con el tenochca simplex sin enterarse bien a bien de nada, que los inmensos beneficios que recibió durante largas décadas del régimen priista en esplendor, le parecieron tan naturales que poco los apreció, atareado en la importante labor de comer con regularidad y si se podía, progresar.

En los albores del siglo XXI estalló el júbilo general; por primera vez en casi dos siglos, la gente sintió que ella había cambiado la situación nacional: tachando papeletas electorales derrocaron al PRI, confundieron el acto de votar con acción ciudadana y elección con democracia, atribuyéndole propiedades mágicas; elegir un Presidente se consideró como arribo de la democracia y con democracia, todo sería mejor, todo sería posible; pero, pronto se ahogó ese ingenuo optimismo en el desencanto del foxismo fallido.

Esto último nos lleva a la segunda condición necesaria para empollar alimañas políticas. La decepción por la esterilidad foxista; no conseguir el súbito progreso que se esperaba de la decencia del calderonismo; la insultante frivolidad insensible del sexenio de Peña Nieto que no retribuyó la gracia popular de haber concedido al PRI su regreso al poder; todo eso sumado, ratificó la justeza de desconfiar, desconfiar siempre de la política, de los políticos, y saberse abandonados; los electores viejos porque es así su historia de vida: un rosario de decepciones; los electores jóvenes por ser nacidos y estar educados en las leyes del egoísmo consumista. Así estamos en México con una ciudadanía anémica de convicciones y la esperanza hecha jirones.

Así, cuando la gente, la mayoría de la gente está en esas, decepcionada de la clase política, de los partidos y de las instituciones públicas que no responden a sus necesidades de orden, seguridad, justicia y progreso, está lista para creerse cualquier discurso simplista del líder que explique el origen de todos sus males, en las corrompidas élites políticas y empresariales, y ofrezca soluciones fáciles a todo.

Ese discurso, lejos de invitar a la gente a la acción ciudadana, la hace confiar en que podrá seguir sin asumir compromisos, sin involucrarse, pues ¡por fin!, ha llegado quien tomará en sus manos toda la responsabilidad y sin saber cómo, obrará el prodigio de transformarlo todo.

La condición lógica es que nada, ni nadie, ni la ley, le pongan límites al líder que para ello debe impedir la reacción social, fomentando la desconfianza en todo lo pasado en todo lo diferente a su discurso y exacerbando la división de la sociedad entre amigos y enemigos de la gesta a su cargo, que hará de la patria una Arcadia, un paraíso que bien vale no andar con remilgos legislativos ni judiciales. Así se pasa del populismo y la demagogia, al autoritarismo.

Instintivamente ese es el curso que sigue nuestro Presidente quien, tenga o no buenas intenciones, va al abismo político. Olvida la realidad nacional, nuestra ubicación geográfica y la importancia que tiene México para el principal bloque económico del mundo. La lástima es que el saldo de esto será solo mucho sufrimiento evitable.

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