Tucídides y el riesgo de inmoralidad frente a la pandemia

OSWALDO CHACÓN R.

Uno de los principales temores en esta crisis propiciada por el Covid 19, es que el aislamiento y la incertidumbre generen actitudes egoístas que en nada abonen a la necesaria solidaridad para enfrentar la pandemia.

La historia y la experiencia comparada dan muestra del comportamiento de muchos de los habitantes en lugares bajo este tipo de emergencias, en donde predomina su indiferencia ante el sufrimiento de otros, y la codicia de los beneficios que la situación puede aportarles en términos económicos, políticos o sociales.

Ya Tolstoi nos había advertido, con la majestuosidad de su prosa, de una especie de “deshumanización social” que suele acompañarnos durante crisis sanitarias.

En su novela “La muerte de Iván Ilich” nos muestra a una sociedad, que rodea al protagonista enfermo, completamente deshumanizada. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los médicos, las enfermeras no son empáticos frente al dolor y el sufrimiento del protagonista.

A nadie parece importar el individuo que lucha y sufre en soledad casi absoluta. Los que lo rodean siguen viviendo ajenos a sus problemas. Pero lo que es peor, el sufrimiento de Ilich genera sentimientos egoístas entre sus conocidos que hacen cuentas alegres de su desgracia; un egoísmo que, a pesar de ser habitual en los humanos, es sin duda una muestra de cómo la enfermedad grave y la muerte no siempre ayudan a la aparición de la compasión.

Un suceso histórico que en particular resulta aleccionador del riesgo de esta inmoralidad en medio de las desgracias, es la peste de Atenas, ocurrida al final de la Guerra del Peloponeso, y que conocemos gracias a la pluma de Tucídides.

En dicho drama histórico, se vislumbró un aspecto fundamental de las consecuencias no solo en materia de salud, sino también sociales y políticas que se generan cuando una catástrofe amenaza nuestra supervivencia. De la narración del historiador griego, podemos aprender de los estragos que una enfermedad incontrolable y generalizada puede generar en los valores de la democracia.

La enfermedad descrita por Tucídides, comenzó en Etiopía, afectó progresivamente a las regiones de Egipto y Libia para saltar desde allí a Atenas.

De tal modo que una epidemia que parecía cosa de tierras lejanas acabó entrando en Atenas transmitiéndose con una rapidez que desconcertó a sus habitantes. Y lo hizo con una virulencia que, de acuerdo a Tucídides, “escapa a cualquier descripción”, al grado que los propios animales que comen carne humana, como las aves o los cuadrúpedos, preferían no acercarse a los cadáveres insepultos. Entre los ciudadanos, el efecto fue devastador.

Había quienes optaban por abandonar a sus enfermos, así como otros morían por el contagio producido en el cuidado de los afectados. Lo peor era “el desánimo que se apoderaba de las personas cuando se daban cuenta de que había enfermado”.

Tucídides narra de manera aterradora que “la epidemia acarreó a la ciudad una mayor inmoralidad”. De entrada, la piedad religiosa se quebró debido a que “los ciudadanos derrotados por la extensión de la enfermedad, se cansaron de hacer las lamentaciones por los que morían”.

Las tradiciones y cuidados de sepultura dejaron de practicarse, los cadáveres sólo eran amontonados para prenderles fuego. Y a este proceso de resquebrajamiento religioso de la ciudad le siguió un proceso de colapso absoluto del sistema político-social en su conjunto. La enfermedad fue para la ciudad el inicio de la anomia, pues la desesperación llevó a los atenienses a una situación en la que “ningún temor de los dioses, ni ley humana los detenía”.

Se alcanzó un momento en el que todo derecho tanto humano cuanto divino claudicó ante el desastre natural.

La desesperación se apoderó de la ciudad y sus habitantes se volvieron indiferentes a las reglas de la ley y la religión. En un estado de caos sin precedente, la norma de vida pronto se convirtió en la búsqueda del placer y el desenfreno. Frustrados y desmoralizados, los atenienses se volvieron contra la autoridad de Pericles, lo que marcó el principio del fin de la Atenas democrática, entrando en un periodo de corrupción y mal gobierno.

Esta amoralidad se acabó extendiendo entre la población y llevó a convertir el egoísmo en la guía esencial del comportamiento de cada conciudadano, que solo era capaz de pensar en sí mismo y que acabó viendo en el vecino de al lado más a una posible amenaza que a alguien con quien compartía una desgracia. Y éste es justamente el riesgo que corremos en la coyuntura en la que nos encontramos. Es importante poner atención a este peligro.

Tratar a toda costa que la pandemia no nos haga olvidar los principios básicos de humanidad y solidaridad que deben guiar nuestro comportamiento como ciudadanos y como sociedad.

Tucídides nos demostró que la pandemia puede generar comportamientos insolidarios, los cuales han empezado a manifestarse en esta crisis. Sin duda, en medio de la incertidumbre algunas personas pueden sentir que han perdido el control de aspectos esenciales de su vida y que, de pronto, el mundo que conocían cambió. Eso es muy angustioso.

Por un lado, se están tomando medidas drásticas muy necesarias para contener al coronavirus, como el aislamiento. Por otro lado, tenemos una amenaza real aunque invisible.

Cuando se cambian las reglas del juego y existe un peligro que no se puede ver, algunas personas entran en pánico. No son pocos los que piensan que en cualquier momento pueden ser contagiados, lo que desata comportamientos irracionales e insolidarios.

El más recurrente ha sido el de las compras excesivas o de pánico. Vaciar los estantes de los supermercados como si nos encontráramos en la víspera de una guerra, o como si estuviéramos en una serie distópica de Netflix, demuestra ese egoísmo, insolidaridad y falta de civismo.

El comportamiento egoísta también se está observando en la dificultad de muchos para obedecer indicaciones de salud. Exeptuando los casos de aquellos cuya subsistencia depende del día a día, a porcentajes muy altos de la población le está costando trabajo quedarse en su casa, a pesar de que se ha insistido en que ello puede perjudicar la salud de otros.

No es una conducta casual, los mexicanos tenemos un vínculo social muy parroquial, para decirlo en términos de Almond y Verba. Funcionamos en base a nuestro círculo más íntimo y sólo por ellos somos capaces de hacer cualquier cosa. Nos cuesta mucho funcionar en círculos más amplios.

Nos es muy difícil funcionar como colectividad, cada quien tiene la tendencia de actuar por su cuenta, no como en Corea del Sur donde la gente se guardó a pesar de que no hubo cuarentena obligatoria. Construir un mejor vínculo social debe ser una enseñanza fundamental de esta crisis para nosotros los mexicanos.

El egoísmo también se ha visto en actitudes de líderes mundiales como Donald Trump, quien trató de asegurarse la exclusividad de una vacuna para sus connacionales, no importándole lo que pase al resto del mundo.

Según reportes del Die Welt, el presidente estadounidense intentó comprar la compañía CureVac para hacerse con los derechos de una vacuna experimental contra el coronavirus, para lo cual ofreció «grandes cantidades de dinero» para que dejaran su sede en Alemania y se trasladaran a EEUU para desarrollar la vacuna solo para ellos. La intentona fue suficiente para que políticos alemanes reaccionaran airadamente, como el diputado socialdemócrata Karl Lauterbach, quien afirmó que «la venta exclusiva de una posible vacuna a los EE.UU. debe evitarse por todos los medios, el capitalismo tiene límites».

Mientras que Christian Lindner, líder del partido liberal acertadamente manifestó que «la lucha contra el Coronavirus es una tarea humana y no una razón para el egoísmo…la administración y los propietarios de la empresa deben ser conscientes de su responsabilidad, de que se trata de algo más que de dinero».

La inmoralidad también se observa en lideres o grupos políticos en nuestro país tratando de sacar raja electoral en plena emergencia. En grupos políticos opositores que buscan desacreditar per se las políticas gubernamentales para enfrentar la crisis, y en grupos políticos en el gobierno que aprovechan la emergencia para debilitar a sus opositores. La proximidad del próximo proceso electoral donde se renovará la Cámara de Diputados a nivel nacional, y Congresos y Alcaldías en la mayoría de los estados, está generando incentivos para que partidos y liderazgos políticos estén tomando decisiones privilegiando sus intereses, no los de la mayoría necesitada.

Ninguna diatriba u oportunismo electoral debería ser consecuentado, cuando la clase política del país debería privilegiar sin más acciones para apoyar a los mas afectados por la pandemia.

En muchas personas no existe ningún dolo detrás de su egoísmo, sino mera banalidad por decirlo en palabras de Arendt, pues su conducta es consecuencia de su propio miedo e incertidumbre. Sobre todo de los sectores más débiles cuyos temores suelen emerger en estas tragedias ante lo incierto de su futuro inmediato, y el de los suyos; más aún cuando en este país, los niveles de desarrollo y calidad de vida son bajos, aunados a una altísima informalidad laboral.

El miedo puede convertirse en desesperación, y si la gente está desesperada, tendrá reacciones desesperadas. Desde compras de pánico, desacato a las políticas de aislamiento, e incluso el peligro de la rapiña, saqueo y destrucción de establecimientos comerciales que venden víveres y alimentos.

Por ello los gobiernos tienen que anticiparse y hacer su trabajo; no únicamente en lo relacionado con los apoyos en materia de salud y rescate de quienes sufren los efectos de la tragedia, sino en lo que tiene que ver con los apoyos suficientes y oportunos de lo básico. En este propósito de mitigar temores, también hay mucho que hacer en la forma como se genera y se difunde la información.

Tener un enorme cuidado en cómo se transmite la información en medios y en redes sociales debe ser una preocupación tan importante como detener el coronavirus.

De tal suerte que enfrentamos el gran reto de revertir la historia y promover la autodisciplina, el compromiso y la solidaridad entre todos por difícil que sea.

No tenemos opción. La crisis está evidenciando la necesidad de aprender a cuidarnos los unos a los otros. De tener que aprender a vivir con la angustia que situaciones como ésta genera. Y por supuesto que es posible, porque citando a Camus, durante las pandemias «hay en el ser humano más cosas dignas de admiración que de desprecio».

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